ÁNGEL M. GREGORIS.- Guillén del Barrio es enfermero y trabaja en Urgencias en el hospital La Paz (Madrid), cuenta con horas sindicales, pero desde hace unas semanas dejó de utilizarlas. “Al principio teníamos la sensación de que había que tener cuidado, pero que era una gripe fuerte. Lo que me hizo cambiar fue una tarde que estaba haciendo mi labor sindical y la urgencia se había convertido en una zona de guerra, no daban abasto y a las siete de la tarde le dije a mi supervisora que me ponía el pijama porque faltaban manos. Esa imagen es la que resume para mí por donde iban las cosas”, recuerda.
Lo que todos pensaban que era una gripe fuerte se convirtió rápidamente en un problema muy serio que no ha dejado de empeorar hasta hace tres días. “Cada día teníamos que abrir un espacio nuevo, se duplicaron los puestos para pacientes, las enfermeras, los técnicos… Ahora parece que hemos empezado a mejorar y no tenemos que ir buscando espacios para abrir, en los últimos días siempre hay algún sillón libre para ir poniendo nuevos pacientes”, afirma.
Para él, “es muy duro ver a la gente en las condiciones que las tenemos, hay personas que se mueren porque no se puede hacer nada por ellos y anímicamente es muy duro, pero, por otra parte, estamos haciendo los turnos con mucho mejor ánimo que, por ejemplo, en invierno cuando teníamos las urgencias saturadas por la gripe. No paramos de trabajar”.
El enfermero cuenta que esta situación le ha cambiado completamente su forma de trabajar. “Ahora no sé si trabajo de tarde, de noche, de mañana. Estamos llamando e insistiendo al supervisor para que nos llame y cuente con nosotros si necesita algo. Ha sido un gran cambio, por una parte, el vivir al día y, por otra, el ser nosotros los que insistimos para trabajar para no dejar a los compañeros solos”, señala.
Con respecto al material, reconoce que está llegando a los servicios que tienen mayor visibilidad, pero hay plantas y otros hospitales con una situación más preocupante. “Hay centros en los que una mascarilla tiene que durar dos semanas y el problema es que a los dos días se rompen las gomas”.
Asegura que desde la plantilla no es miedo lo que sienten, pero sí preocupación y tensión por tomar todas las medidas para no coger el virus por dos motivos; uno, para no contagiar a sus familiares y dos, por responsabilidad y no faltar en la unidad.
El enfermero cree que todo hubiese sido diferente si no faltasen los recursos que se quitaron hace ya más de diez años. “Si tuviéramos las 2.100 camas que había en 2008 y los 2.200 sanitarios más, no estaríamos poniendo a estudiantes de enfermería a trabajar. También hay que contratar a personal no sanitario porque sin celadores y personal de limpieza no sería posible seguir adelante”, asevera.
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